• Dr. Hugo Castro

Alimentación y cáncer (segunda parte)

Un estudio realizado por Lew y Garfinkel sobre una muestra de 750,000 personas con sobrepeso, que fueron observadas durante 13 años, demostró que el exceso de peso, sobre todo en la mujer, era un importante factor asociado al cáncer de vesícula biliar. Los índices de fallecimiento eran más de cuatro veces superiores a la media en personas cuyo peso excedía en un 40% al normal. En lo que respecta a la posible relación entre el exceso de peso y los cánceres de mama después de la menopausia, existen datos realmente interesantes.


Varios estudios epidemiológicos sugieren que una alimentación rica en grasas representa un riesgo de sufrir cáncer de colon y de mama, y parece que también podría intervenir en la aparición del cáncer de próstata, aunque es evidente que estas relaciones son difíciles de demostrar, sobre todo porque es difícil conocer la medida precisa del contenido en calorías de una ración alimenticia individual y por otro lado, si yo le preguntara a usted que fue lo que comió ayer, quien se recuerda?

Burkitt, en 1971, estableció la probable relación entre una alimentación pobre en fibra y desarrollo del cáncer de colon. Actualmente esta hipótesis se considera aceptada.

Los estudios realizados en animales de experimentación no aportan pruebas consistentes debido, probablemente, a diferencias metodológicas en cuanto a la naturaleza del método utilizado, las variaciones en la composición de la dieta, el tipo de fibra y la duración de los experimentos.

La fibra tiene mecanismos de acción variable: reduciendo el tiempo de tránsito intestinal y disminuyendo el tiempo de exposición a diversos carcinógenos; diluyendo los carcinógenos en el colon; afectando a la producción de ácidos biliares fecales, directamente o a través de la modificación de la composición de la flora intestinal; aumentando la fermentación y la producción de ácidos grasos de cadena corta.

Esta sobradamente demostrado que un consumo suficiente de frutas y legumbres frescas desempeña, como factor alimentario, un papel beneficioso respecto al desarrollo de algunos tumores, ejerciendo, por tanto, un papel protector. Wynder y Goodman han demostrado que una alimentación rica en frutas y legumbres frescas (que suponen la fuente esencial de vitaminas A y C) asegura una buena protección contra el cáncer de pulmón, aunque hay estudios que sugieren que dicha protección no es eficaz en fumadores de 40 o más cigarrillos por día. Hay datos que demuestran que una alimentación rica en legumbres y frutas frescas ejerce una protección frente al desarrollo del cáncer de esófago, estómago, páncreas y colon.

Las dietas ricas en vitamina C parecen ejercer un papel protector sobre la incidencia de cáncer de esófago, estómago y cuello del útero. La vitamina C podría bloquear la formación de nitrosaminas, a partir de nitratos y nitritos, en el tubo digestivo y evitar la oxidación de algunas sustancias químicas.

Niveles bajos de vitamina E parecen asociarse al cáncer de mama, pulmón e intestino.El papel de la vitamina E como antioxidante justifica que sea considerada un agente potencialmente preventivo.

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